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sábado, 5 de febrero de 2011

Caminar entre las nubes



Caminaba descalza por el sendero lleno de maleza.
Sus pies tropezaban con las ramitas endebles y escurridizas, que siempre parecían encontrarse en el lugar exacto donde descansarían sus pies.
Y ella siempre se caía.

En el suelo, acababa por desesperarse, llenar sus mofletes (siempre de color carmesí) de aire, inflarse como un globo y decir:"¡pues ya estoy cansada!

Así en el suelo se giraba, y boca arriba esperaba a que su rostro se pusiese rojo, azul, violeta... por la falta de aire.
Después se desinflaba y se sentía libre.
Entonces miraba las nubes "deben de ser como el algodón dulce..." se decía, y poco a poco su mente comenzaba a brincar, de nube en nube, de algodón en algodón.

Y así llegaba la noche.
Cuando la luna (o la falta de ésta) se ponía en lo más alto, plegaba las rodillas ,se levantaba del suelo, adecentaba sus ropas y daba media vuelta.

Después, llegaba a casa sin percance alguno, (lo cual siempre la sorprendía) incitándola a volver al día siguiente, con la extraña sensación, de que algo no iba bien del todo en su vida.

domingo, 30 de enero de 2011

la niña que perseguía a un cuervo negro



Ella lo perseguía y él se alejaba.
Como en un cuento de ciencia ficción y sin sentido, alargaba la mano y simplemente dejaba de estar ahí.
Cuando ella fingía indiferencia, él parecía un tanto desestructurado, sus facciones cambiaban prácticamente de color, y toda la indiferencia se mezclaba con un eje de decepción y olor a tabaco.
Cuando él corría, ella parecía perseguirle en el sitio, estando callada, diciendo absolutamente cero y contándolo todo al mismo tiempo.
Pero él seguía corriendo sin cansarse, en busca de una meta algo imaginaria, con olor a saber si a mandarina, y una especie de alusión por todo lo real.

Y ella siempre acababa harta.
Se recogía el pelo en la nuca, con la mano, suspiraba y se decía a sí misma:"ahora si que se acabó".
Soltaba su pelo, miraba hacia el vacío, simulaba despreocuparse y después, al poco, lograba librarse de la incertidumbre del quizá.

Y él siempre aparecía entonces; cuando ella ya estaba harta de fingir indiferencia y carcomerse por dentro.
Él la acunaba con una mirada, la acariciaba con una sonrisa o la encandilaba con palabras...
Y ella volvía a caer.
Una vez más ella corría y él huía.
Ella lo perseguía y él ni siquiera se daba cuenta...

Y así daba vueltas el mundo, mientras ella agachaba la cabeza y metía las narices en su arco iris, donde los abrazos y las risas estaban garantizados.
Pero él, ahí estaba, en un rinconcito de su corazón, graznando cual cuervo negro, que no parecía cansarse nunca.

La emperatriz de los sueños