
Y volví a escuchar lo mismo. Ya había perdido la cuenta de las veces en las que había oído semejante palabra, y vuelta a empezar. Me harté, así de simple, cogí la chaqueta, el gorro de lana de la silla que hacía a su vez de perchero, y salí en busca de alguna copa en algún bar que aún siguiese abierto.
Lo cierto es que no tuve que andar demasiado, los tugurios a ciertas horas, se encuentran con la misma frecuencia que el polvo; pero no entré. Estaba en el umbral, los hombre mirando, las copas tintineando, un borracho cantando al son de una canción... y yo con un pie helado, aterido en la calle, y el otro tras la puerta, calentito con el ambiente del tugurio.
-¿Vas a entrar?
Menuda voz la de aquel mamarracho... así que me marché, pero no a casa, la verdad es que andaba sin ganas y en esos momentos, lo mejor, es andar sin rumbo. Así que eso hice, di vueltas un poco por ningún sitio, enfrentándome a la mirada de más de un borracho.
Y mientras andaba, arropándome con mi chaqueta, pensaba en una palabra, ésa misma palabra, la de siempre, la de todos los días...
Aquella palabra era nada.
Aquella palabra me estaba persiguiendo, porque no era nada, ni siquiera tiene definición, es nulo, es vacío, es blanco, es nada... pero nada también es todo y todo tampoco tiene definición.
Y así anduve pensando en nada y en todo, en tugurios y borrachos, y preguntándome que pintaba nada en mi cabeza, si es que no pintaba absolutamente nada.
La emperatriz de los seños







