

Ella lo perseguía y él se alejaba.
Como en un cuento de ciencia ficción y sin sentido, alargaba la mano y simplemente dejaba de estar ahí.
Cuando ella fingía indiferencia, él parecía un tanto desestructurado, sus facciones cambiaban prácticamente de color, y toda la indiferencia se mezclaba con un eje de decepción y olor a tabaco.
Cuando él corría, ella parecía perseguirle en el sitio, estando callada, diciendo absolutamente cero y contándolo todo al mismo tiempo.
Pero él seguía corriendo sin cansarse, en busca de una meta algo imaginaria, con olor a saber si a mandarina, y una especie de alusión por todo lo real.
Y ella siempre acababa harta.
Se recogía el pelo en la nuca, con la mano, suspiraba y se decía a sí misma:"ahora si que se acabó".
Soltaba su pelo, miraba hacia el vacío, simulaba despreocuparse y después, al poco, lograba librarse de la incertidumbre del quizá.
Y él siempre aparecía entonces; cuando ella ya estaba harta de fingir indiferencia y carcomerse por dentro.
Él la acunaba con una mirada, la acariciaba con una sonrisa o la encandilaba con palabras...
Y ella volvía a caer.
Una vez más ella corría y él huía.
Ella lo perseguía y él ni siquiera se daba cuenta...
Y así daba vueltas el mundo, mientras ella agachaba la cabeza y metía las narices en su arco iris, donde los abrazos y las risas estaban garantizados.
Pero él, ahí estaba, en un rinconcito de su corazón, graznando cual cuervo negro, que no parecía cansarse nunca.
La emperatriz de los sueños







